¿Dónde están nuestras mujeres?

Dra. Lehdia Dafa
Muchos cientificos sociales coinciden en que puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de la mujer. Aplicado este concepto al caso saharaui, y repasando un poco la historia, veremos que las mujeres empezaron a dejar de ser un miembro amputado de la sociedad en el alba del advenimiento del nuevo Saharaui, que aspira a ser libre e independiente, de cualquier forma de poder que lo pueda manipular o someter.

Las mujeres han sido la piedra básica que ha sostenido la retaguardia durante los dificiles años de la guerra propriamente dicha. Han sacrificado para pintar de victoria a todos los ámbitos de lucha. Han estado salvando a las sucesivas generaciones de terribles pestes como el analfabetismo y otros tantos inenarrables padecimientos como la desnutrición y las infecciones, gracias a su incuestionable labor en educación y salud. También han sido pioneras en la lucha diplomática por hacer escuchar y respetar la voz del pueblo saharaui en los amplios rincones de este mundo . Sin embargo, y dada la situación actual en lo que concierne a las mujeres en específico, el caso no puede sino ponernos ante la pregunta: ¿Continua realmente la emancipación femenina saharaui un curso sano y correspondiente a las exigencias de las circunstancias actuales de la marcha hacia ese mundo de realización que desde hace más de treinta anos soñamos?

A ese respecto soy francamente escéptica. No hay que ir lejos para encontrar suficientes ejemplos que argumenten mi planteamiento o más bien preocupación por el estancamiento y la caída del peso de la labor femenina en la construcción de la nueva sociedad saharaui, independientemente del largo y cruel azote del exilio y la nefasta dependencia de la ayuda internacional.

Socialmente hablando, cuanto de políticas y decretos que regulan claramente el estatus social de la mujer, en materias como el casamiento – divorcio, tutela de los hijos y herencia, son ejemplos evidentes de que la emancipación femenina hoy por hoy es más bien un ideal que realidad. O acaso no es necesario ir trabajando continuamente y desde la base en función de romper con el dogma de los abusivos y arcaicos sistemas patriarcales, donde los hombres son los primeros, últimos y absolutos gobernadores e ingenieros de la familia, de la sociedad y desde luego del poder legislativo en general.

Otro ejemplo, clásico quizás lo es la educación, donde se supone que la escolarización es obligatoria por igual para todos. Sin embargo en el caso de las mujeres me pregunto además si ello en la práctica significa que se trata solamente de la educación básica y por ende la producción de toneladas más bien de semianalfabetas que nunca pasarán del margen de la mediocridad. El número de universitarias por ejemplo que se han formado a lo largo de estos treinta años, y la cifra de éstas que acceden cada año a las universidades en el extranjero- no hay en los campamentos- en proporción con el sexo masculino sobre todo en lo últimos catorce años es una realidad que por sí impone mi escepticismo y preocupación. Tal vez esta triste verdad, no tenga nada en especial si echamos una hojeada al informe anual del programa de Naciones Unidas para el desarrollo ( Arab Human Development Report 2003. UNDP) y en específico si tomamos en cuenta la tasa de analfabetismo femenino que reina en el mundo árabe en general y que por cierto oscila entre el 30 y 55% en la mayoría de los paises.

Lamentablemente no es ningun ejemplo que nos pueda inspirar a seguirlo, es más, una verdadera falta de dignidad y de respeto a la creación. No lo entiendo, si el Corán empieza con la sublime frase “Igraa” (aprende), si no me falta la traducción. Lo ha expresado claramente neutral como para que la educación en nuestro entorno sea patrimonio exclusivo de los hombres-masculino. No obstante a eso, lo que quiero resaltar es que no existe ningun argumento razonable que haga que la sociedad saharaui en el refugio retrocediese de la forma en que esta en cuanto a la cultivación, promoción e integración de las mujeres.

Con esta critíca no pretendo expresar ninguna forma de feminismo fanático e infundado, tampoco es mi intención inculcarle culpas a nadie, ni resaltar debilidades por resaltarlas. Pero sí quisiera alertar, porque y como ha dicho la historia, ” errar es de humanos, pero corregir a tiempo es solo de sabios”.

Lógicamente adentrándome en este tema, pienso que las sociedades son como el cuerpo humano, con dos mitades aunque diferentes de nombre- derecho e izquierdo- en la práctica son iguales y de igual imprescindibles. Deben tener así igual desarrollo para que el cuerpo pueda funcionar sin dificultades. Un cuerpo hemipléjico siempre estaría en deventaja respecto a si mismo y a los demás que no lo son. Lo mismo ocurre con las sociedades. Las mujeres son una de esas dos mitades imprescindibles para el buen funcionamiento de cualquier sociedad que aspira al progreso y bienestar colectivo.
Las mujeres saharauis son entonces un elemento de esa sociedad nuestra en particular que ha nacido de las cenizas del dolor y el sacrificio. Siempre serán necesarias no solo para garantizar el repuesto humano, sino también para poder acceder al objetivo capital de la faena que todavía entre manos tenemos, que es la independencia del Sahara y de los saharauis. Es un peligro potencial para la marcha de liberacion nacional, el curso actual que conoce la situación de las mujeres. Hay un retroceso oculto, que esta desintegrando lo logrado y a la vez esta constituyendo una catarata ante lo que queda por lograr y que no es poco.

La historia es el mejor testigo de que sin la integración femenina no se puede alcanzar el progreso en ninguna dirección. Las sociedades que se resisten a ello se autoengañan y se autdestruyen. Estarán por tanto condenadas eternamente a padecer de la hemiplejía social que les dificultará el acceso a cualquier fuente de bienestar o realización.
Partiendo además de las experiencias del entorno tanto regional como global, está claro que no basta con apoyar la escolarización de las niñas solo hasta la primaria. Promover la enseñanza superior y la formación continua es necesario y es vital, para lograr la integración de las mujeres, desde la cuna. Y evitar así los astrológicos gastos posteriores en las trabajosas y muchas veces sin resultados reales campañas de alfabetización.

No es menos cierto que las mujeres padecen a nivel universal, pero no hay que resignarse a esa lamentable realidad. Pienso que el surgimiento del sector privado en los campamentos está siendo un ejemplo clave de que las mujeres más allá de las fronteras del hogar, constituyen un actor económico capaz de producir riqueza que es necesaria para el desarrollo de la sociedad.

Habría que actuar inspirandose en el ejemplo de los que han cosechado éxitos y descansan en la sombra de los mismos. Para hacerlo bien, se necesita ante todo hacerse del uso de un buen “saber hacer político”, como parte integral de las estrategias nacionales. Un buen “how know” que produzca impacto significativo, lejos de las promesas frias y carentes de contenido. El mercado de la política y de las ideas deben actuar además con la implementación de facto, de los decretos necesarios como la base legal para garantizarle seriedad a esas políticas y programas una vez puestos en marcha. Estamos a tiempo entonces para corregir fomentando la educación sana y desplegando medidas prácticas para abolir la inequidad de género que la ignorancia de los seres humanos ha inventado.

Tengo la conciencia y la convición de que existe una constelación compleja y delicada de factores que influyen o pueden influir en el logro de lo anteriormente expuesto. Pero no por ello debe dejar de ser un objetivo estratégico interno, fortalecer las posibilidades de realización y por ende la posición social del otro lado de la comunidad que son las mujeres. Y no por ello se debe seguir anclados en este peligroso puerto – parada que sólo conduce a más estigmatización y marginalización de las mujeres. Agudizando así la doble carga que supone el exilio, y sus secuelas. Sé que nada se logra de la noche a la mañana, pero estoy convencida de que para lograr ser una parte igual de importante en el cuerpo de nuestra sociedad, al menos nosotras las mujeres debemos poner estas cuestiones en el ojo de mira. Habrá entonces que ir removiendo el suelo, y sembrar las semillas aunque la lluvia tarde en llegar.

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